Enigma K-287
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La legendaria máquina Enigma que compró Franco y acabó en Mallorca
Un ejemplar de la legendaria máquina alemana de cifrado Enigma se conserva en el Museo Histórico Militar de San Carlos, en Palma: cuál fue su misión, cómo llegó a la isla y cómo lograron descifrarla.

La Enigma K-287 del Museo Histórico Militar de San Carlos, en Palma.
La caja de madera de roble desgastada no llama especialmente la atención al entrar. En lugar de estar expuesta en una vitrina y cuidadosamente iluminada, descansa sobre una mesa de despacho en el Museo Histórico Militar de San Carlos, en el puerto de Porto Pi, en Palma. Su director, Juan Rigo, levanta la tapa de la caja de transporte. En el interior aparece un aparato metálico que, a primera vista, recuerda a una máquina de escribir de principios del siglo XX. Pero sobre el teclado no hay ni barras de tipos, ni rodillo ni palanca para cambiar de línea. En su lugar, tres filas de bombillas se distribuyen tras 26 ventanillas con las letras del alfabeto.
Ahí está: la Enigma K-287. El director del museo abre también la tapa metálica situada sobre el panel de luces y deja al descubierto el corazón mecánico y eléctrico de la célebre máquina: tres rotores de cifrado que, con cada pulsación de una tecla, giran como el mecanismo de un reloj y hacen que se ilumine una letra. Hoy, sin embargo, ya no es posible hacer una demostración. La batería de la máquina de cifrado ya no se conserva, explica Rigo.
Adquirida por Franco
La Enigma con número de serie K-287 es uno de los varias decenas de aparatos que el futuro dictador Francisco Franco compró a Alemania para sus tropas durante la Guerra Civil española (1936-1939). Aunque actualmente se encuentra en Mallorca, originalmente fue utilizada por Alfredo Kindelán Duany, jefe de las fuerzas aéreas del bando nacional.
La Enigma, de hecho, estaba concebida para poder trasladarse con facilidad. Al levantarla con cuidado, la K-287 pesa aproximadamente lo mismo que una maleta de mano llena.
Que este ejemplar forme hoy parte de los fondos del Museo de San Carlos se debe a un inventario realizado años después en el Ejército español, del que informó El País en 2008. El periódico reveló la existencia de 26 máquinas Enigma, la «arma secreta» de Franco y Hitler, almacenadas en un desván del Palacio de Buenavista de Madrid, sede del Ejército de Tierra.
Estas máquinas ofrecen hoy a los historiadores una importante explicación sobre los éxitos militares de las tropas franquistas, pero su interés va mucho más allá. Espionaje, matemáticas, historias personales y los orígenes de la era informática: la Enigma fascina por igual a informáticos, coleccionistas y aficionados al cine, especialmente desde que en 2014 la película de Hollywood The Imitation Game dio a conocer en todo el mundo el trabajo pionero de los descifradores británicos de Bletchley Park, encabezados por el genio Alan Turing.
Ni fotografías ni mensajes
Parte del mito que rodea a esta extraordinaria máquina se debe precisamente a que muchos detalles permanecen ocultos en las sombras de la historia. En el caso de la K-287 de Palma, el secreto que rodeaba su uso ha hecho que no se conserve ninguna fotografía de la máquina en funcionamiento ni tampoco un solo mensaje que se sepa que fue cifrado o descifrado con ella.
«Se destruyeron muchos documentos, sobre todo todo lo relacionado con los códigos», explica José Ramón Soler Fuensanta.
Este ingeniero informático, profesor en una escuela de Turismo de Ibiza, lleva años investigando la Enigma y ha conseguido encajar al menos algunas piezas del rompecabezas. Soler considera que en Baleares se utilizaron al menos dos máquinas de cifrado. Una de ellas, la K-205, estaba a disposición de la Comandancia General de Baleares. Otra habría estado a bordo de un buque de los aliados italianos fondeado en el puerto de Palma.
La Guerra Civil española fue el primer conflicto en el que se utilizó esta máquina de cifrado, que alcanzaría la fama durante la Segunda Guerra Mundial. En realidad, había sido inventada para fines civiles: el ingeniero alemán Arthur Scherbius la desarrolló en 2018 para proteger secretos empresariales. Para blindar jurídicamente su sistema a escala internacional, en 1927 adquirió las patentes del inventor neerlandés Hugo Koch, que había patentado de forma independiente un principio similar.
Solo después de que la Enigma fracasara en el mercado civil y de que los británicos revelaran a mediados de la década de 1920 que habían podido interceptar sin grandes dificultades las comunicaciones alemanas durante la Primera Guerra Mundial, el Ejército alemán comenzó a interesarse por ella.
El cálculo de los nazis
La Enigma que los nazis vendieron a Franco en los años previos a la Segunda Guerra Mundial era, sin embargo, una versión comercial, algo a lo que probablemente aludía también la letra K de sus números de serie.
Por un lado, Alemania quería garantizar la seguridad de las comunicaciones entre las potencias del Eje, especialmente porque hasta entonces en España se utilizaban sobre todo métodos manuales de cifrado y porque, además, ambos bandos de la Guerra Civil habían llegado a emplear inicialmente los mismos libros de códigos.
Por otro, los alemanes tampoco querían entregar a los españoles el modelo más avanzado, aparentemente por miedo a que las máquinas pudieran caer en manos del bando republicano.
Así, en noviembre de 1936 se envió al bando franquista una primera partida de diez aparatos, entre ellos la Enigma que hoy se conserva en el museo de Palma. Posteriormente llegaron más unidades.
A diferencia de lo que ocurriría durante la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra Civil española la Enigma tuvo principalmente una importancia estratégica más que táctica. Los pocos aparatos disponibles estaban reservados a puestos clave: la K-202, por ejemplo, estaba destinada en exclusiva al cuartel general del Generalísimo.

Misión descifrar códigos: mujeres trabajando en Bletchley Park.
Las estrategias para descifrar el código
Aunque la versión española de la Enigma disponía de la «fabulosa cifra de 1.252.962.387.456 combinaciones posibles», como dejó escrito un comandante franquista en un informe de 1936, el código acabaría siendo descifrado. Se logró gracias a una colaboración internacional y en varias etapas. Fue una carrera contrarreloj que, por un lado, se complicó con la introducción de nuevos métodos —la Enigma alemana, por ejemplo, incorporó en 1941 un cuarto rotor—, pero que, por otro, se vio facilitada por errores humanos en su utilización.
Los primeros avances importantes los habían conseguido ya en 1932 matemáticos polacos, que compartieron sus resultados con británicos y franceses. En 1940, los Aliados lograron por primera vez descifrar por completo mensajes de la Wehrmacht. Entre 1941 y 1944, el sistema de descifrado pudo aplicarse a gran escala y llegó a desempeñar un papel decisivo en la guerra.
Las máquinas de cifrado utilizadas en España también tuvieron importancia en este proceso. El experto Soler distingue entre dos tipos: por un lado, una Enigma convencional del Ejército y, por otro, la Enigma naval. En esta última, los mensajes intercambiados entre las potencias del Eje se cifraban previamente mediante un sistema adicional. Para ello se utilizaba el código DEI, denominado así por las iniciales de Alemania, España e Italia.
Uno de los primeros grandes avances en el descifrado de este código se atribuye al criptoanalista Dilly Knox. «A los británicos les interesaban las comunicaciones por radio con los alemanes y los italianos», explica Soler. «Las comunicaciones internas españolas prácticamente les daban igual». El éxito de Knox en abril de 1937 reforzó la convicción de que el sistema Enigma, por muy complejas que fueran después las versiones utilizadas por el Ejército y la Marina alemanes, era un problema que podía resolverse.
Que en esta misión participaron también muchos héroes anónimos, en su mayoría mujeres, lo demuestra el caso de Veronica More, que años después residiría en Mallorca. Esta escocesa que hablaba alemán había interceptado mensajes de radio de la Wehrmacht durante la batalla de Inglaterra y trabajó durante seis meses en el célebre centro de Bletchley Park. Hace algo más de diez años, cuando tenía 97 años, concedió una entrevista al periodista Guillermo Tupper, que la encontró en el pueblo mallorquín de Fornalutx mientras buscaba testigos de aquella época.
Enigma contra Enigma
Los trabajadores de Bletchley Park tuvieron que comprometerse a guardar un estricto secreto sobre su labor, una obligación que no empezó a relajarse hasta décadas después. «No conocí a Alan Turing. En Bletchley nunca sabías qué estaban haciendo las demás personas», contó la escocesa en aquella entrevista.
El trabajo, recordó, solía ser monótono y duro, incluso después de haber conseguido descifrar los códigos. No siempre podían utilizar la información obtenida, ya que hacerlo podía despertar las sospechas de los nazis.
Hoy Bletchley Park es un museo interactivo y entre sus piezas también se conserva una Enigma de Franco. España entregó al Reino Unido la K-289, que había sido utilizada en Canarias, y recibió a cambio una Enigma de cuatro rotores de la Marina de guerra alemana.
La K-287 de Palma, en cambio, no puede verse actualmente en la exposición permanente, ya que la sala en la que se exhibe la Enigma está siendo reformada. No obstante, el museo muestra a los grupos de visitantes, previa petición, la que probablemente sea la caja más secreta de Mallorca.