Mola 1936
Construccion
Un San Fermín en capilla: cuando Mola ultimó los preparativos del golpe de Estado de 1936 en plenas fiestas
El general golpista logró el respaldo de los carlistas tras celebrar una reunión en el claustro de la catedral de Pamplona con el conde de Rodezno el 9 de julio

Emilio Mola paseándose por las calles del centro de Pamplona tras el golpe de Estado de julio de 1936.
El 6 de julio de 1936 Pamplona lanzó el Chupinazo con el que dieron comienzo unas nuevas fiestas de San Fermín, las últimas antes de la Guerra Civil. Lo hizo Nicolás Ilundáin —y no Juan Echepare, quien lo llevaba lanzando desde 1931 y que pocos días después sería asesinado por los falangistas— desde la Plaza del Castillo, ya que no fue hasta 1941 cuando el lanzamiento del cohete se trasladó a la Plaza Consistorial. Mientras la capital navarra comenzaba sus días de fiesta, el gobernador militar de la plaza, Emilio Mola, ultimaba los detalles de la sublevación militar que protagonizaría el 19 de ese mes para convertir a Pamplona en una de las primeras ciudades en alinearse con el nuevo régimen junto con la vecina Vitoria.
Mola llevaba ya meses planeando el golpe de Estado para acabar con el Gobierno legítimo del Frente Popular, prácticamente desde su llegada a la capital navarra en febrero de 1936. El autor y general de división de la Guardia Civil Gonzalo Jar Couselo lo sitúa “al frente de la conspiración” desde el 19 de abril , siendo ya “el Director”. Pero fue durante los Sanfermines cuando logró garantizar el respaldo de los carlistas a la sublevación, cuyo apoyo fue vital para la conquista de provincias como Bizkaia o Gipuzkoa con más de 60.000 voluntarios.
Según las crónicas de la época el inicio de las fiestas de San Fermín estuvo marcado por la lluvia y las tormentas que obligaron a cancelar algunos actos como el lanzamiento de los fuegos artificiales, que entonces se tiraban desde la plaza de la República, actual plaza del Castillo. También se rompió la tradición en las fiestas del período republicano de que no repicaran las campanas de los templos católicos. Ese día sonaron las de la catedral.
Un día antes del chupinazo, el 5 de julio, Mola conoció en persona al dirigente carlista Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno, en una reunión en la Comandancia Militar en la que comienzan a negociar el número de tropas que aportarán los carlistas. En este punto jugó un papel decisivo Raimundo García García, diputado y director de 'Diario de Navarra', y que firmaba sus artículos con el seudónimo Garcilaso. Él fue quien hizo de enlace entre Mola y los representantes requetés.
Los encuentros de Mola con dirigentes carlistas, generales como Joaquín Fanjul o el propio Garcilaso se intensificaron durante los siguientes días en una Pamplona sumida en los Sanfermines. Tanto es así que muchos de los encuentros los celebraban en lugares públicos como la plaza de toros o el Café Kutz de la hoy plaza del Castillo, lo que provocó que fueran vistos y que las reuniones tuvieran incluso su reflejo en la prensa. En Donostia había otro café Kutz. Eran de una familia de origen alemán.
“Se tienen noticias de que el domingo día 12 del pasado mes se encontraban en la terraza del café Kutz de Pamplona, los ex generales Fanjul y Mola, acompañados del hijo de Sanjurjo. Unos elementos de Izquierda se sentaron cerca de los citados señores para ver si conseguían oír la conversación; pero sus propósitos fueron adivinados por Fanjul, que irritado les dijo: '¿Qué vienen ustedes a hacer aquí, a escuchar, no? Pues aprovéchense que dentro de unos días no podrán oír nada'. Pocos minutos después se reunió al grupo Ansaldo, y al enterarse del incidente, se levantó y dirigiéndose a los republicanos les insultó groseramente”, recogía una noticia de la publicación 'La Batalla'.

Uno de los encierros de los Sanfermines de 1936 con la bandera republicana ondeando de la fachada del Ayuntamiento de Pamplona.
Pero la más trascendental tuvo lugar el 9 de julio en el claustro de la catedral de Pamplona. Un día antes, el jefe de la Comunión Tradicionalista Carlista, Manuel Fal Conde, había enviado a Mola una carta exigiéndole el establecimiento de una monarquía católica tras el golpe de Estado, cuestión que no fue del agrado del gobernador militar. En otra misiva, el dirigente carlista dio por rotas las negociaciones. Es por ello que el conde de Rodezno se trasladó desde Madrid a Pamplona para reconducir la negociación.
En el encuentro entre los dos en la catedral, Mola le trasladó su preocupación por la actitud de Fal Conde y el conde de Rodezno le aseguró que él tenía el respaldo de los carlistas. Solo un día después, el 10 de julio, Emilio Mola fue citado por su superior, el general Domingo Batet, a una reunión en el monasterio de Irache, en la comarca de Estella. Allí, le trasladó que el Gobierno estaba enterado del plan de sublevación que estaba liderando desde Pamplona y le invitó a trasladarlo a otro destino o a que cambiase de postura. Mola le garantizó que él no estaba “comprometido en ninguna aventura”.
Unos días más tarde, el 15 de julio, llegó a Pamplona desde San Juan de Luz, al otro lado de la frontera francesa, un documento firmado por el rey regente carlista Javier de Borbón-Parma y por Fal Conde confirmando que la Comunión Tradicionalista se sumaba “con todas sus fuerzas” al movimiento militar liderado por Mola. En medio, el periódico 'Noticiario Bilbaíno' publicó que también en Pamplona se produjo una reunión de representantes de las diputaciones de Álava, Bizkaia, Gipuzkoa y Navarra para tratar sobre el Estatuto de autonomía vasco, que llegó con la Guerra Civil ya iniciada.
El día 16 Emilio Mola fue reclamado de nuevo por su superior Domingo Batet para mantener un encuentro en el monasterio de Irache. Como describe el autor José María Iribarren, el general Mola “llegó a pensar seriamente que se trataba de una emboscada para detenerle, al suponer que el Gobierno conocía toda la trama de la conspiración”. Por ello acudió a la reunión “con una escolta de oficiales comprometidos, vestidos de paisano y armados”.
Pero Batet únicamente quería asegurarse de que Mola no se saldría de la legalidad republicana, pidiéndole su palabra de honor de no levantarse en armas contra el Gobierno legítimo, a lo que Mola respondió que ni conspiraba ni sabía de ninguna conspiración en marcha. El golpe seguía adelante.
Pero el principal escollo que tenía Mola en Pamplona para asegurar el éxito de la sublevación era el comandante de la Guardia Civil en la capital navarra, José Rodríguez-Medel, que el 18 de julio rechazó la propuesta del gobernador militar de sumarse al golpe que ya había comenzado en los territorios africanos.
Ante la negativa del comandante a unirse a la rebelión, y cuando se dirigía a formar las tropas para trasladarse a Tafalla, donde estaba planeado establecer una línea defensiva que aislara a Navarra por el sur para hacer frente a la sublevación militar, fue asesinado en las puertas de la comandancia de Pamplona tras recibir seis disparos efectuados con arma larga, de calibre 7 milímetros, que se corresponden con las armas que utilizaba el Ejército, por varios guardias sublevados que le esperaban a la salida. La rebelión de Mola quedaba al descubierto.
Así, el 19 de julio, la fecha que Mola había fijado para dar el golpe en la península, una compañía del Batallón de Cazadores Sicilia proclamó a las 6:00 de la mañana desde la plaza del Castillo el estado de guerra. La sublevación que había terminado de perfilar durante las fiestas –que en los dos años posteriores no se celebraron— había triunfado.
Se iniciaba así en Navarra un periodo de represión que culminaría con más de 3.500 asesinados, muchos de ellos enterrados en fosas que todavía no han sido localizadas casi un siglo después. El equivalente al NO-DO de la Italia fascista destacó en una película de agosto de 1936 la implicación de “Navarra” en la “revolución” contra los “rojos”. Mola falleció en un accidente de aviación en un vuelo que partió de Vitoria en 1937, en plena ofensiva para la conquista de Bilbao. Su cuerpo fue enterrado en un mausoleo en el monumento franquista a los Caídos de Pamplona y no fue exhumado hasta 2016.
Pamplona homenajea al guardiacivil republicano que trató de frenar la sublevación de Mola y acabó fusilado Pamplona homenajea al guardia civil republicano que trató de frenar la sublevación de Mola y acabó fusilado
Domínguez Arévalo, de su lado, fue el primer ministro de Justicia de Franco, con una sede ilegítima instalada en Vitoria en 1938. No volvieron a celebrarse los Sanfermines hasta 1939, ya finalizada la Guerra Civil. Los de 1940 son recordados por la abundante presencia de nazis alemanes, agasajados en Pamplona.
Pamplona homenajea al guardia civil republicano que trató de frenar la sublevación de Mola y acabó fusilado
José Rodríguez-Medel se negó a secundar el levantamiento militar del general franquista Emilio Mola en Navarra y fue asesinado con seis disparos por la espalda en las inmediaciones de la comandancia de la Guardia Civil en Pamplona

José Rodriguez-Medel.
Julio de 1936. Mientras Pamplona celebraba las fiestas de San Fermín, el gobernador militar de la plaza, Emilio Mola, ultimaba los detalles de la sublevación militar que protagonizaría pocos días después tras el golpe de Estado de 1936 y que provocó que la capital navarra fuera una de las primeras ciudades en alinearse con el nuevo régimen junto con la vecina Vitoria, la primera institución conquistada en toda España. Para garantizar el éxito de la rebelión militar, Mola quiso contar con el apoyo de la Guardia Civil, pero se encontró con el rechazo del comandante del cuerpo en Pamplona, José Rodríguez-Medel, quien se mantuvo fiel al Gobierno legítimo de la República. Como consecuencia, el 18 de julio -mismo día del golpe de Estado- fue asesinado con seis disparos por la espalda en las inmediaciones de la comandancia, situada en la calle de Ansoleaga. Este martes se le ha rendido un homenaje en el 87 aniversario de su fusilamiento.
La Asociación de Familiares Fusilados de Navarra (AFFN36) ha colocado un “tropezón” en el número 16 de esta calle del Casco Viejo de Pamplona, donde los informes de la época señalan que fue asesinado. Se trata de una placa de latón con la que, siguiendo el proyecto 'stolperstein' para conmemorar a las personas asesinadas por los nazis, se busca rendir homenaje y recordar a los represaliados por el franquismo. Como la de José Rodríguez-Medel puesta este 18 de julio, AFFN36 ha colocado otras 240 en la comunidad foral para conmemorar a las víctimas de la dictadura.
Natural de Siruela (Badajoz), se reencontró en Pamplona con Emilio Mola, con quien había coincidido en la Academia de Infantería de Toledo. Era junio de 1936 y el Gobierno de Manuel Azaña trataba de frenar, con el nombramiento como comandante de la Guardia Civil de alguien de su confianza, un intento de sublevación militar que sospechaban que Mola estaba planeando con otros generales del Ejército. Mola se tomó el nombramiento como un obstáculo a sus intenciones golpistas y, de hecho, hizo llamar a su despacho a José Rodríguez-Medel para tantearle, dado que en sus planes contaba con la Guardia Civil para la rebelión.
El autor y general de división de la Guardia Civil Gonzalo Jar Couselo realizó una aproximación de aquella conversación a raíz de los relatos de otras personalidades próximas al general Mola como Iribarren, Arrarás o Maíz, su secretario personal:
—Mola: Quiero hablarle, no en plan [de] general, sino de compañero. He decidido sublevarme para salvar a España, contra un Gobierno que nos lleva a la ruina y al deshonor y le llamo para decírselo y para saber si Vd. está dispuesto a sumarse al movimiento que ha de estallar dentro de unas horas.
—Rodríguez-Medel: Yo no puedo secundar ese movimiento.
—Mola: Le advierto a Vd. que cuento con toda la guarnición y con toda la provincia.
—Rodríguez-Medel: Yo cuento con mi fuerza.
—Mola: ¿Cree Usted?
—Rodríguez-Medel: Sí señor.
—Mola: Lamento su decisión. Mire que va a ser muy duro tener que enfrentar mis tropas con la Guardia Civil.
—Rodríguez-Medel: La Guardia Civil seguirá al lado del Gobierno. Ahora y siempre defenderé al Gobierno de la República como poder constitucional. Esa es mi postura.
—Mola: Entonces ¿no le importa nada la salvación de España?... ¿Qué haría si se implantase, dentro de unos días, el comunismo en nuestra patria?
—Rodríguez-Medel: Cumpliría con mi deber.
—Mola: ¿Y cuál es su deber?
—Rodríguez-Medel: Obedecer las órdenes del poder constituido.
—Mola: Sí, pues aténgase a las consecuencias.
—Rodríguez-Medel: Supongo que no será una amenaza o una encerrona, mi general.
—Mola: Usted no me conoce. Para eso no le hubiera llamado. Puede irse bien tranquilo porque, por lo que a mí atañe, no tiene nada que temer, ni en su vida ni en su libertad. Adiós.
—Rodríguez-Medel: A sus órdenes, mi general.

Tropezón colocado por la Asociación de Fusilados de Navarra en recuerdo de José Rodríguez-Medel.
A las pocas horas de ese encuentro, cuando se dirigía a formar las tropas para trasladarse a Tafalla, donde estaba planeado establecer una línea defensiva que aislara a Navarra por el sur para hacer frente a la sublevación militar, fue asesinado en las puertas de la comandancia de Pamplona con seis disparos efectuados con arma larga, de calibre 7 milímetros, que se corresponden con las armas que utilizaba el Ejército, por varios guardias sublevados que le esperaban a la salida. Es considerado por algunos historiadores como la primera víctima del golpe de Estado en la Península.
Se da la circunstancia además, de que su cuerpo fue trasladado, tras serle practicada la autopsia, al cementerio de Pamplona, donde fue enterrado en un panteón sin una inscripción que lo identificase. Un año después, tras morir al despegar del aeródromo de Vitoria, la base de la Legión Cóndor nazi en España, los restos de Emilio Mola fueron sepultados, hasta 1961 cuando fueron trasladados al mausoleo de Los Caídos de Pamplona, en un panteón situado enfrente al de José Rodríguez-Medel.
No fue Rodríguez-Medel el único integrante de la Guardia Civil leal al Gobierno legítimo. Un alavés de Llodio llamado Juan Ibarrola, también con alta graduación, encabezó una de las dos columnas del Ejército de Euzkadi -erróneamente simplificado como un cuerpo exclusivo de 'gudaris' o combatientes nacionalistas- en la que fue su única y fallida ofensiva contra el bando franquista, la conocida como batalla de Villarreal. Al mando de la segunda columna estuvo el teniente coronel del Cuerpo de Carabineros de la República, Juan Cueto, también alavés y nacido en la propia Legutio (denominación actual de Villarreal de Álava), a la luz de las investigaciones de Josu Aguirregabiria. Según Michael Alpert, Ibarrola siguió combatiendo con las fuerzas gubernamentales tras la caída de todo el territorio vasco y acabó en un campo de concentración. Fue condenado a muerte aunque le conmutaron la pena. Murió en su Llodio natal en 1976, pocos meses después de fallecido Franco.
Y Salvador Lapuente Arbeo, que contaba apenas 22 años, en 1936, era agente de la Comandancia de Bizkaia y estuvo destinado, entre otros, en el cuartel de Alonsotegi, una localidad entonces dentro del término municipal de Barakaldo y ahora independiente. Sus ideas eran firmemente republicanas y, como otros agentes gubernamentales de la provincia, se opuso al golpe de Estado. En agosto ya estaba en el frente, en Usurbil. Tras caer herido en la zona de Larrabetzua, que formaba parte de la defensa conocida como Cinturón de Hierro, fue apresado por los sublevados el 13 de junio de 1937, primer día de la batalla de Bilbao, que caería seis días después a manos de las tropas franquistas, auxiliadas por los nazis alemanes y los italianos fascistas. Trasladado a Valladolid porque las tropas conquistadoras eran las de la VII Región Militar, fue sometido a un consejo de guerra en el que otros compañeros le delataron como “rojo”. El tribunal lo condenó a muerte y fue fusilado el 9 de mayo de 1938. Ahora, 84 años después, sus restos han sido localizados en el cementerio vallisoletano de El Carmen.
RTVE omite que el primer lanzador del Chupinazo fue asesinado por la Falange en 1936: “Desapareció misteriosamente”
En un vídeo realizado con inteligencia artificial durante el programa especial del comienzo de los Sanfermines, la televisión pública omitió que el pamplonés Juan Echepare fue asesinado al comienzo de la Guerra Civil por ser republicano. Sus restos todavía siguen en paradero desconocido

Juanito Echepare en un lanzamiento del Chupinazo en Pamplona.
RTVE ha omitido en un reportaje realizado con inteligencia artificial sobre el origen del lanzamiento del Chupinazo con el que se da comienzo a los Sanfermines que su primer lanzador, Juan Echepare, fue asesinado por la Falange en julio de 1936, al comienzo de la Guerra Civil, por ser defensor del Gobierno legítimo de la II República. Sus restos todavía siguen en paradero desconocido.
En un vídeo emitido por la 1 de TVE en su programa especial del 6 de julio con motivo del inicio de las fiestas de San Fermín en Pamplona, la televisión pública recreó con imágenes hechas con IA el lanzamiento del primer cohete anunciador de los Sanfermines. Es el propio Juan Echepare el que cuenta, en un testimonio también recreado, que en 1931 cumplió “un sueño”, “lanzar por primera vez el cohete que anunciaba el inicio de las fiestas”. Pero el vídeo continúa: “En 1936, con el inicio de la Guerra Civil desaparecí misteriosamente. A día de hoy solo yo sé lo que pasó realmente”.
En puridad Juan Echepare, reconocido republicano, fue asesinado por la Falange en julio de 1936, tal y como recoge el Fondo Documental de la Memoria Histórica en Navarra. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica ya ha anunciado que ha presentado una queja ante la Defensora de la Audiencia de TVE. “En el vídeo emitido por TVE se dice que Etxepare 'desapareció misteriosamente'. Pero la verdad es que fue detenido por los golpistas de 1936, asesinado y su cuerpo hecho desaparecer. Su estanco en la calle Mayor de Pamplona fue saqueado y confiscado y él fue juzgado, después de ser asesinado, por el Tribunal de Responsabilidades Políticas y por Masón”, añaden.
El primer lanzador del Chupinazo
Si bien ya hay documentados en años anteriores lanzamientos de cohetes el día 6 de julio para celebrar el comienzo de las fiestas de San Fermín en Pamplona por parte de miembros de la pirotecnia Oroquieta, fue en 1931 cuando por primera vez se lanzó el Chupinazo con un protagonista. Ese año Juan Echepare, que tenía un estanco en la Calle Mayor de Pamplona, solicitó al Ayuntamiento una autorización para que le dejaran lanzar un cohete desde la céntrica plaza del Castillo. Y el permiso le fue concedido.
Así, la estampa de una persona lanzando el Chupinazo se repitió en años posteriores, con cada vez mayor éxito de convocatoria, como se puede ver en las imágenes del Archivo Municipal de Pamplona. En 1936, a los pocos días de lanzar el Chupinazo, Francisco Franco dio el golpe de Estado con el que dio comienzo la Guerra Civil y Echepare fue asesinado por miembros de la Falange. No fue hasta 1941 cuando el lanzamiento del cohete se trasladó hasta la fachada del Ayuntamiento de Pamplona, desde donde se lanza desde entonces cada año para anunciar el comienzo de las fiestas de San Fermín.