Desdolarización
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Financiarización y desdolarización - El dólar como instrumento del imperialismo
En un mundo multipolar en el que la hegemonía del dólar ya no es indiscutible, las condiciones para cortar esa correa son más favorables que en cualquier otro momento desde la década de 1970. Juliane Furno interpreta la financiarización no como una desviación técnica del capitalismo contemporáneo, sino como un engranaje de la maquinaria del imperialismo estadounidense; reconstruye cómo se erigió la arquitectura de poder del dólar a partir de 1971 y evalúa, sin ilusiones, las estrategias de desdolarización que se debaten actualmente en el seno de los BRICS y en todo el Sur Global.
La financiarización de la economía mundial no es ni un desvío del capitalismo contemporáneo ni un percance que haya secuestrado al capitalismo en aras de la lógica de las finanzas. De hecho, el propio Marx, concretamente en el volumen III de *El Capital*, describe lo que hoy denominamos la hegemonía del capital ficticio y del capital que devenga intereses. La lógica de la financiarización está, por tanto, inscrita en la propia lógica del modo de producción capitalista.
Más allá de ser intrínseca al modo de producción capitalista, la financiarización, en la forma que adoptó a partir de finales de la década de 1970, funciona como uno de los engranajes específicos del imperialismo estadounidense en su fase de «superimperialismo», por utilizar el término acuñado por Michael Hudson. En esta fase, y sobre todo tras el fin de la convertibilidad del dólar en oro en 1971, Estados Unidos se hizo con el «privilegio exorbitante» de financiar sus déficits gemelos —presupuestario y comercial— con los ahorros del resto del mundo, sin que ello le supusiera, en la práctica, ningún ajuste real. El mundo, y sobre todo la periferia, acabó financiando al mismo poder que lo subordina, siguiendo una lógica perversa: para defenderse del poder del dólar, debe acumular dólares, y esa acumulación acaba reafirmando la primacía del dólar y su poder ilimitado.
Este mecanismo no surgió ya completamente formado, y merece la pena reconstruir el proceso histórico concreto que lo construyó. El Acuerdo de Bretton Woods fue fundamental para allanar el camino hacia la hegemonía del dólar, pero la moneda estadounidense seguía vinculada a su respaldo metálico y expuesta a los desafíos de las demás potencias capitalistas. En la década de 1970, el poder de EE. UU. se enfrentó a graves desafíos en al menos tres frentes, lo que impulsó cambios importantes en la política monetaria estadounidense y en la lógica de la financiarización que se intensificaría a partir de entonces.
Los desafíos procedían del ámbito de la supremacía industrial, con la competencia de las grandes empresas japonesas y alemanas; del ámbito militar, con la derrota de EE. UU. en Vietnam; y del ámbito monetario, con el agotamiento del patrón oro-dólar de Bretton Woods. La respuesta de Washington no fue defensiva, sino ofensiva. Nixon rompió unilateralmente el vínculo con el oro en 1971, trasladando el coste del ajuste a sus socios comerciales. Paul Volcker, al frente de la Reserva Federal, elevó el tipo de interés de referencia del 11% a más del 20% entre 1979 y 1981, atrayendo capital de todo el mundo hacia los valores del Tesoro de EE. UU. El efecto secundario fue la crisis de la deuda que sumiría a América Latina en la denominada «década perdida», mientras que Estados Unidos, al mismo tiempo, logró poner en vereda a sus principales competidores, en particular a Japón. Reagan desreguló entonces el sistema financiero nacional, sentando las bases de lo que hoy llamamos «financiarización»: la creciente subordinación de la producción, el comercio y las propias políticas económicas nacionales a los flujos y las reglas del capital financiero denominado en dólares.
Qué es la financiarización y por qué agrava la dependencia de los países periféricos
La financiarización no es sinónimo de «más bancos» o «mercados de capitales más grandes». La financiarización es la inversión del poder dentro del propio capitalismo. Bajo el dominio financiero, es el capital ficticio (acciones, títulos de deuda públicos y privados, derivados) el que llega a controlar las decisiones de inversión, el ritmo de producción y, en gran medida, la propia política económica de los Estados. La financiarización es la prevalencia de la lógica financiera sobre la lógica productiva, una lógica que, desde la década de 1970, ha logrado alcanzar una relativa autonomía respecto a la producción de valor.
Su modo de funcionamiento se deriva precisamente de esta inversión entre la producción y la apropiación financiera. El capital ficticio no necesita pasar por el proceso de producción para valorizarse: una acción, un bono del Estado o un derivado suben de precio porque el mercado anticipa rendimientos futuros, no porque se haya producido nada más. Esto permite que la valorización financiera se desacople, durante un tiempo, de la producción real, creando ciclos de euforia en los que incluso las empresas industriales se ven impulsadas a canalizar sus beneficios hacia inversiones financieras en lugar de reinvertirlos en la producción. El problema es que esta desvinculación no es permanente, ya que toda creación de valor es producto del trabajo humano vivo. En otras palabras, tarde o temprano, una crisis económica vuelve a vincular violentamente el valor ficticio con el valor realmente producido, y es la economía real (empleo, crédito, actividad) la que paga los platos rotos del ajuste.
Es precisamente aquí donde la periferia se ve aún más limitada por su papel dependiente. Las monedas periféricas se sitúan en la base de la jerarquía monetaria internacional. No se las busca como reservas de valor, sino que se las trata como activos de riesgo, expuestas a flujos de capital especulativo que llegan en busca de rentabilidad y se marchan ante el primer indicio de inestabilidad, ya sea interna o externa, real o meramente percibida. Para compensar el riesgo cambiario inherente a sus propias monedas, los países periféricos se ven obligados a mantener unos tipos de interés más altos que los de los países centrales, simplemente para retener el capital que ya han atraído, y a acumular reservas en dólares como autoaseguramiento frente a una fuga repentina. En otras palabras, cuanto más se financiariza el capitalismo, más caro le resulta a la periferia el mero hecho de mantenerse a flote en su seno.
La apertura de la cuenta de capital y la integración en los mercados financieros internacionales, tal y como prescribía el manual del Consenso de Washington, no situó a la periferia en pie de igualdad con el centro; por el contrario, agravó su posición de subordinación. La periferia entró en la era de la financiarización como prestataria en moneda extranjera, nunca como emisora del activo seguro que busca el resto del mundo. También se expuso a flujos de capital volátiles, nunca como fuente de la liquidez que dirige el sistema. Por eso la financiarización, lejos de ofrecer a la periferia una vía hacia el desarrollo financiero autónomo, tiende a reproducir y profundizar exactamente la misma jerarquía de poder que la subordina en las esferas comercial y productiva.
Una arquitectura diseñada para reproducir la dependencia
Desde el punto de vista de la periferia capitalista, esta arquitectura organiza estructuralmente nuestra dependencia. Dado que el dólar sigue siendo la moneda de denominación de entre el 80% y el 90% del comercio de materias primas —desde alimentos hasta energía y minerales— y de casi el 90% de las transacciones mundiales de divisas, los países periféricos se ven obligados a buscar constantemente la moneda estadounidense, simplemente para importar lo que necesitan para consumir y producir. Esta búsqueda constante de dólares nos convierte en rehenes de la política monetaria de un banco central que responde exclusivamente a los intereses de la economía estadounidense, pero cuyas decisiones —como quedó patente en 1979 y de nuevo en los recientes ciclos de endurecimiento monetario— se propagan como perturbaciones externas a los tipos de cambio, la deuda y el empleo de todo el Sur Global.
En las últimas dos décadas, esta jerarquía monetaria ha adquirido una dimensión adicional, en la que la infraestructura de pagos —especialmente el sistema SWIFT— y el propio acceso al dólar funcionan como armas de coacción explícita contra aquellas partes de la periferia que no están alineadas políticamente con Estados Unidos. La incautación de las reservas de países como Rusia, Venezuela y Afganistán, la exclusión de bancos del sistema de compensación internacional y el régimen cada vez más amplio de sanciones unilaterales demuestran que la financiarización bajo la hegemonía del dólar no es solo uno más de los muchos mecanismos económicos de extracción de valor que operan en el mercado mundial. Es también un instrumento de coacción geopolítica directa, al que queda expuesto cualquier país que se atreva a desafiar los intereses de Washington.
Esta jerarquía afectó a América Latina con especial dureza. La «crisis de la deuda» de la década de los 80 no fue ni una desgracia regional ni el resultado de una mala gestión fiscal por parte de los gobiernos latinoamericanos, como insistió el discurso convencional durante décadas. Fue el resultado directo y previsible de una decisión de política monetaria tomada en Washington para resolver tres problemas estadounidenses a la vez: la inflación, la pérdida del dominio industrial frente a Alemania y Japón, y la fragilidad del dólar. El coste de ese ajuste se trasladó más allá de las fronteras de Estados Unidos. Los gobiernos que habían contraído préstamos en dólares a tipos de interés variables vieron cómo el servicio de su deuda se multiplicaba de la noche a la mañana, sin que hubiera cambiado ni una sola política económica nacional. El ajuste recesivo, las privatizaciones y la apertura financiera que siguieron, bajo la batuta del FMI, desempeñaron la misma función estructural de siempre: reciclar el ahorro de la periferia para sostener al centro.
Una ventana histórica, por estrecha que sea
Al igual que en la década de los setenta, Estados Unidos se enfrenta una vez más a un desafío simultáneo en tres frentes: el militar, con las limitaciones puestas de manifiesto por la guerra en Ucrania; el tecnológico, con el auge de China; y el monetario, con la proliferación de acuerdos comerciales en monedas locales. La diferencia fundamental con respecto a aquel periodo es que, hoy en día, el rival no es simplemente un competidor industrial, como lo fueron en su día Japón y Alemania, sino una potencia que aúna peso económico, tecnológico, militar y político: China. A esto hay que añadir que la expansión de los BRICS y el uso cada vez más indiscriminado de las sanciones por parte de Estados Unidos están produciendo, como efecto secundario, precisamente lo que Washington intenta evitar: un incentivo político para que cada vez más países busquen alternativas al dólar.
Conviene mantener el sentido del realismo. La hegemonía del dólar no será sustituida por decreto, ni a corto plazo, ni por ninguna moneda nacional en particular, incluido el renminbi chino. Lo que se está gestando es algo más modesto: un proceso de erosión gradual del dólar como moneda hegemónica y, en la práctica, casi única del sistema monetario internacional.
Entre las estrategias que se están debatiendo actualmente en el marco del BRICS y otras iniciativas Sur-Sur, hay cuatro que merecen ser destacadas. La primera es la liquidación del comercio en monedas locales, eliminando el dólar como moneda puente. El comercio entre Rusia y China, por ejemplo, ya se realiza casi en su totalidad en rublos y renminbi, y el comercio entre Rusia y la India avanza a un ritmo similar.
La segunda es la creación de sistemas de pago internacionales alternativos que puedan sustituir a SWIFT para las transacciones entre países que hoy en día sufren, o temen sufrir, sanciones.
La tercera es el fortalecimiento de los propios mecanismos financieros del Sur Global, como el Acuerdo de Reservas Contingentes del BRICS, que actualmente está infrautilizado y sigue dependiendo en parte de la aprobación del FMI. Esta paradoja debe resolverse si se quiere que esta arquitectura ofrezca realmente una alternativa al Fondo.
La cuarta, quizás la más prometedora a medio plazo, es la fijación de precios de las materias primas estratégicas —como los cereales, la energía y los minerales— en monedas distintas del dólar, aprovechando el hecho de que los países del Sur Global representan una parte significativa de la producción mundial de alimentos, petróleo y minerales críticos, pero siguen aceptando que sus precios se fijen en las bolsas de materias primas y en moneda estadounidense.
Ninguna de estas iniciativas, por sí sola, desafía la hegemonía del dólar. Sin embargo, si se combinan y se mantienen a lo largo del tiempo, reducen progresivamente la dependencia estructural de la moneda estadounidense que hoy en día limita el margen de maniobra en materia de política económica de prácticamente todos los países periféricos.
También merecen mención dos iniciativas complementarias. Rusia las ha presentado principalmente en el marco del BRICS, pero revisten un interés directo para el resto del Sur Global. Una de ellas es la creación de una compañía de reaseguros propia del bloque, que podría eludir el papel que desempeñan actualmente las reaseguradoras europeas y estadounidenses como una especie de «policía de las sanciones» informal, al denegar la cobertura a operaciones que desagradan a Washington o a sus aliados. La otra es la propuesta de una bolsa de cereales entre países que, en conjunto, representan más de la mitad de la producción mundial de soja, trigo, arroz y maíz, lo que les permitiría dejar de aceptar pasivamente que los precios de sus propios productos básicos se fijen en Chicago y en dólares. Ambas se encuentran aún en las primeras fases de negociación, pero apuntan en la dirección correcta: convertir el poder productivo real en una capacidad autónoma para fijar precios y obtener protección financiera.
Por último, es importante afirmar, y seguir reiterando, que la desdolarización no es un problema de ingeniería financiera que deban resolver especialistas a puerta cerrada en reuniones técnicas. Por encima de todo, es una lucha política. Requiere que los gobiernos del Sur Global —históricamente acostumbrados a competir entre sí por los mercados y las inversiones— estén dispuestos a cooperar, así como la capacidad de resistir la presión y las represalias de Estados Unidos. Vale la pena recordar que, a juzgar por la historia reciente, cuanto mayores son las amenazas al imperialismo estadounidense, más dispuesto está este a enfrentarse a ellas de forma agresiva.
Entender la financiarización como un engranaje del imperialismo estadounidense, y no como una inevitabilidad técnica del capitalismo globalizado, es el primer paso para que los países periféricos dejen de considerar la arquitectura monetaria internacional como un hecho inmutable de la naturaleza y empiecen a cuestionarla como lo que siempre ha sido: un terreno de poder, construido históricamente y, precisamente por eso, abierto a la transformación a través de la acción política colectiva del Sur Global.